Para la antroposofía hay 12 sentidos...
La encarnación: el espíritu habitando el cuerpo
Desde la visión antroposófica, nacer no significa que todo el ser del niño esté inmediatamente “instalado” en su cuerpo. La encarnación se entiende como un proceso mediante el cual el espíritu se apropia del cuerpo físico, lo habita y lo penetra.
Se dice que el espíritu del recién nacido es tan grande que todavía no cabe por completo en ese pequeño cuerpo. Por eso, muchas veces, la presencia de un bebé puede sentirse como algo que irradia paz y llena el espacio.
La encarnación no ocurre de manera lineal. Tiene algo de inhalación y exhalación, de entrar y salir, de ir encontrando poco a poco el propio cuerpo, como quien se pone un guante que todavía no termina de ajustarse a su mano.
Cada cuerpo es único: tiene su genética, su constitución y su propio destino. Y, al mismo tiempo, todos compartimos una organización que nos hace humanos.
La meta de este proceso podría expresarse así:
estar completamente encarnado es estar plantado en la tierra y, al mismo tiempo, conectado con el cielo.
Los doce sentidos
En nuestra cultura solemos hablar de cinco sentidos. Sin embargo, distintas tradiciones han propuesto otras formas de comprender la percepción humana. Dentro de la Antroposofía, Rudolf Steiner plantea doce sentidos, que pueden contemplarse en tres grandes grupos de cuatro.
Sentidos básicos — 0 a 7 años: relacionados con el cuerpo y la voluntad.
Sentidos medios — 7 a 14 años: relacionados con el sentir.
Sentidos superiores — 14 a 21 años: relacionados con el pensar.
Los primeros constituyen los cimientos. Desde esta perspectiva, si los sentidos básicos no encuentran buenas condiciones para desarrollarse, los siguientes pueden construirse sobre una base más débil.
Podemos imaginar también tres tipos de confianza que se van formando:
Primer septenio: confianza en mi propio cuerpo.
Segundo septenio: confianza en mis propias percepciones.
Tercer septenio: confianza en mi vínculo con el mundo y con el otro.
Por eso, cuando hablamos de los sentidos, no estamos hablando solamente de “percibir sonidos, colores u olores”. Estamos hablando de cómo el niño aprende a estar en el mundo.
Los cuatro sentidos básicos
Durante el primer septenio se pone especial atención en cuatro sentidos relacionados con el cuerpo físico y la voluntad:
Sentido vital · sentido del tacto · sentido del movimiento · sentido del equilibrio.
En esta ocasión nos acercamos especialmente a los dos primeros.
El sentido vital: ¿cómo estoy por dentro?
El sentido vital puede comprenderse como la capacidad de percibir nuestro propio estado interior: bienestar, cansancio, hambre, frío, dolor, comodidad o malestar.
En el lenguaje actual podemos encontrar un concepto que guarda cierta relación: la interocepción, es decir, la percepción de señales provenientes del interior del organismo. Sin embargo, dentro de la visión antroposófica el sentido vital tiene un significado más amplio.
Es el sentido que nos permite experimentar que “ocupamos un espacio adentro del cuerpo”.
Muchas veces lo percibimos precisamente cuando algo deja de estar bien. Cuando aparece dolor, agotamiento, hambre o malestar, nos damos cuenta de nuestro estado interior.
Desde esta mirada, el sentido vital también participa en la percepción de que algo “no está bien para mí”, algo que en una etapa adulta puede manifestarse como una intuición: este no es mi lugar, algo aquí no me hace bien.
Pero el niño pequeño todavía no puede regular por sí mismo todo aquello que necesita.
Un niño pequeño no siempre sabe que tiene sueño, hambre, frío o que necesita bajar el ritmo, y mucho menos puede nombrarlo con claridad. Por eso, durante el primer septenio, el adulto funciona en cierto modo como un “yo externo”: observa, acompaña, regula y organiza aquello que el niño todavía está aprendiendo a reconocer dentro de sí.
¿Cómo podemos cuidar este sentido?
A través de algo aparentemente sencillo y profundamente importante: el ritmo.
El día necesita inhalación y exhalación:
tiempo afuera y tiempo adentro,
actividad y descanso,
vigilia y sueño,
encuentro y silencio.
También son importantes los cuidados cotidianos: temperatura adecuada, alimentación, sueño, movimiento y momentos de calma.
Desde esta perspectiva, la sobreestimulación —incluidas las pantallas, el exceso de elecciones y una intelectualización demasiado temprana— puede dificultar que el niño encuentre ese ritmo interno.
El adulto regula; el niño, poco a poco, interioriza esa regulación.
El sentido del tacto: ¿dónde termino yo y dónde empieza el otro?
El tacto está relacionado con toda nuestra piel y sus receptores. Pero, desde la perspectiva de los doce sentidos, su significado va mucho más allá de sentir una superficie.
El tacto nos ayuda a experimentar:
“Aquí termino yo. Aquí comienza el mundo.”
El recién nacido todavía no vive claramente esta separación. El límite entre él y su madre se va construyendo gradualmente.
También el sentido del “yo” aparece poco a poco. Primero el niño puede hablar de sí mismo en tercera persona; después aparece con fuerza el:
“¡Yo solo!”
Ese primer “yo” todavía puede ser muy amplio: es mío, lo quiero, lo necesito. Con el tiempo, ese yo va encontrando sus propios límites y diferenciándose del mundo.
Por eso los niños exploran los límites
Primero investigan el mundo con el cuerpo: tocan, llevan objetos a la boca, abren cajones, meten las manos donde no deberían.
Más adelante aparece otra forma de exploración:
“¿Hasta dónde me deja llegar el adulto?”
Cuando un niño prueba un límite, no necesariamente está intentando desafiar al adulto. También puede estar descubriendo dónde termina el mundo y dónde empieza su propia voluntad.
Un límite claro y contundente —que no significa severo— puede transmitir un mensaje profundamente tranquilizador:
“Hasta aquí llego. Aquí estoy seguro. No me caigo del universo.”
El tacto también está en la manera de tratarnos
El tacto no solamente se desarrolla mediante las manos.
También está presente en:
cómo miramos a un niño;
cómo le hablamos;
cómo nos acercamos a su cuerpo;
cómo ponemos un límite;
cómo lo cargamos;
cómo respetamos sus tiempos.
Cuando decimos que alguien “no tiene tacto”, usamos una expresión cotidiana que refleja algo interesante: el tacto también tiene una dimensión en nuestra manera de relacionarnos con los demás.
¿Qué ofrecemos a las manos de nuestros niños?
Desde la pedagogía Waldorf se da especial importancia a los materiales naturales: madera, lana, piedra, fibras y diferentes texturas.
Los juguetes sencillos y abiertos permiten que el niño transforme el objeto mediante su imaginación. Una rama puede ser una cuchara, una varita, una casa o un barco.
También se concede importancia a los objetos realizados con intención y cuidado por los adultos. Desde esta mirada, el niño percibe no solamente el material, sino también la cualidad con la que fue creado y ofrecido.
Quizá por eso los juguetes más simples suelen convertirse en los favoritos.
Dos libros básicos y bonitos
Recursos que corresponden directamente al tema y que pueden servir para las familias que quieran profundizar:
Albert Soesman, Los doce sentidos, ventanas del alma. Es probablemente el libro que mejor encaja con esta nota: presenta los doce sentidos desde la visión antroposofica y utiliza ejemplos cotidianos para acercar el tema a lectores no especializados.
Rudolf Steiner, Primer septenio. Es especialmente pertinente para las familias de niños pequeños porque aborda el desarrollo infantil y la educación durante los primeros siete años. Editorial Rudolf Steiner






